viernes, 19 de octubre de 2018

La identidad en un mundo globalizado

La identidad en un mundo globalizado
La literatura Argentina y latinoamericana puede recorrerse desde sus orígenes a partir del tema de la identidad. Ya en los primeros textos escritos en América por los conquistadores, la otredad y lo distintivo de lo americano aparecen con frecuencia. Estos temas son retomados a lo largo de la historia literaria de América latina desde diversas perspectivas y con diferentes objetivos hasta confluir en la actualidad. En la literatura argentina de finales del siglo XX, la identidad aparece como un verdadero mosaico en el que se integran diversas culturas. Los escritores se hacen eco de la influencia de las olas inmigratorias y plantean el origen como tema central. Salvador Dalí (Surrealismo).
 Desde el principio, el surrealismo se singulariza entre los ismos vanguardistas por el valor que otorga a lo irracional e inconsciente como elementos esenciales del arte. El surrealismo tomó del dadaísmo algunas técnicas de fotografía y cinematografía así como la fabricación de objetos. Extendieron el principio del collage (el "objeto encontrado") al ensamblaje de objetos incongruentes, como en los poemas visibles de Max Ernst. Este último inventó el frottage (dibujos compuestos por el roce de superficies rugosas contra el papel o el lienzo) y lo aplicó en grandes obras como Historia Natural, pintada en París en 1926.
Dentro del Surrealismo hay dos modalidades: la objetiva o figurativa, que utiliza una técnica casi fotográfica para imitar la realidad, y a la cual pertenecen Dalí, Magritte, Ernst, Delvaux. y la antiobjetiva o de formas más o menos abstractizantes, de un lenguaje casi poético. En ella incluimos a Miró, Tanguy, Matta.
En cuanto a Dalí, este utilizaba más la fijación de imágenes tomadas de los sueños, según Breton, "...abusando de ellas y poniendo en peligro la credibilidad del Surrealismo..."; inventó lo que él mismo llamó método paranoico-crítico, una mezcla entre la técnica de observación de Da Vinci por medio de la cual observando una pared se podía ver como surgían formas y técnicas de frottage; fruto de esta técnica son las obras en las que se ven dos imágenes en un sola configuración. Dalí era un buen pintor porque podía ver cosas en una manera que otras personas no podían. El método de paranoico-crítico es la capacidad percibir diferentes imágenes en una cosa. Dalí podía estimular un estado de paranoico y salir del estado, pintando lo que había visto. Por eso, sus cuadros se aparecían como sus sueños.
 Esta capacidad hizo a Dalí famoso y mejor que otros surrealistas. Su obra Como pintor, Dalí no tuvo un único estilo o técnica; lo mejor de su producción se desarrolló dentro del surrealismo y sus cuadros, de un gran detalle y composiciones extravagantes y geniales, reflejan un mundo onírico particular.
En 1929 se sumergió en el surrealismo tras su colaboración con Luis Buñuel en "Un perro andaluz (película)" (Un chien andalou). Contribuyó a revitalizar este movimiento con sus novedosas invenciones, basadas en ideas freudianas.
Son cuadros famosos de Dalí: • Muchacha en la ventana (1925) • El gran masturbador(1929) • Los placeres iluminados (1929) • Persistencia de la memoria(1931) • Construcción blanda con judías hervidas (1936) • Atletas cósmicos (1943) • Mi esposa desnuda (1945) • Cabeza Rafaelesque explotando (1951) • Galatea de las esferas (1952) • Crucifixión (1954) • Descubrimiento de América (1955) • La Toile Daligram (1972) • Dalí pintando a Gala por detrás (1973)


La identidad en los cuentos de Juan José Saer


Juan José Saer se considera a sí mismo como un narrador perteneciente a la generación de 1960, una década que en la Argentina fue prolífica en literatura y arte, y en la cual se discutió acerca de las relaciones de estas dos con la política. Sin embargo la obra de Saer se consolidó y difundió en la década de 1980.
La generación de Saer se caracterizó por una nueva toma de posición frente a la literatura argentina. También se destacó por el carácter cosmopolita de sus lecturas que iban más allá de lo que producía en el país tanto en la ficción como en el ámbito teórico, multiplicidad que se reflejó en la obra del autor. Su prosa se distingue por el rigor formal, la insistencia sobre la forma y el trabajo minucioso de la obra.
Toda la obra de Saer está recorrida por un afán experimental, un deseo de investigar qué se puede narrar de la realidad y de qué forma es posible hacerlo. Su preocupación por liberar a la literatura de lo meramente anecdótico para adentrarse en las posibilidades que brinda la forma acerca su escritura a la de un compositor de música.
Por su carácter experimental, no siempre resulta fácil penetrar en un texto de Saer: oraciones largas, complejas, con un uso particular de los signos de puntuación que impiden muchas veces acceder fácilmente a la lectura, por tanto se requiere de un lector modelo que vaya descubriendo el carácter lúdico de su escritura.
El universo saereano se constituye en un carácter abierto, en donde una historia o un personaje pueden pasar de un relato a otro, como si ninguna historia se cerrara del todo. Es importante tener en cuenta que Saer escribe desde su exilio, París.
En relación con este tema él escribe: “la tendencia a considerar nuestra experiencia individual y presente como única puede hacernos olvidar que, en la Argentina, el exilio de los hombres de letras, es casi una tradición, toda la literatura del siglo XIX ha sido escrita por exiliados”. Analizaremos dos cuentos pertenecientes al libro de relatos La mayor (1976: "El que se llora" y "Al abrigo" .
 *Antes de comenzar a leer deberán determinar el tipo de narrador presente en cada historia y evidenciar la forma de narrar de cada uno, las descripciones realizadas o los conocimientos que se establecen en cada historia


EL QUE SE LLORA. JUAN JOSÉ SAER

Un día de Noviembre que amaneció lloviendo me desperté después que aclaró. Se oía el rumor del agua, complejo y monótono-¡cuántas veces se dicho lo mismo sobre la lluvia! Por las celosías entraba en el dormitorio una luz verdosa. Me quedé tirado en la cama, con los ojos abiertos, mirando la penumbra que era cada vez más débil pero que se espesaba cerca del cielorraso. Un sueño que acababa de tener permanecía en mi mente, obstinado, un sueño en el que había visto a mi tío Pedro, hermano de mi madre que trabajó mucho tiempo en la usina y que después se independizó y compró una panadería. Mi tío había muerto el mes antes. En el sueño aparecía llorando su propia muerte.
Los sueños me dan miedo, y sueño mucho. ¿Tengo miedo de lo que sueño o simplemente tengo miedo porque sueño? Me sentí triste esa mañana pensando en mi tío Pedro que vino a morirse justo cuando la panadería empezaba a andar bien pero después –afortunadamente- la curiosidad venció a la tristeza y medité sobre el significado del sueño hasta cerca de las nueve. Durante todo el tiempo llovió sin parar y el ruido de la lluvia me mantuvo como adormecido, así que ahora no se bien si por momentos no me puse a soñar el sentido de lo que había soñado. Una chica amiga, maestra de escuela que después se casó con un profesor de matemáticas y se fue a vivir al Perú, me contó que ella siempre soñaba que lloraba frente a su propio cajón. Que se miraba muerta y lloraba. ¿Qué lloramos de nosotros mismos cuando nos lloramos en sueños? Lo sabe únicamente el que se llora. Buscar en esa fuente de llanto es un trabajo difícil y la mirada tranquila de la curiosidad no alcanza a ver tan hondo. Para ver el dolor, tenemos que estar en él. Pero lo que sorprende todavía más es que el que se llora, el que ve su cadáver o se conduele de su propia muerte, está parado en un punto tan singular de la gran llanura de la pena que su llanto es al mismo tiempo recuerdo y anticipación. En las grandes llanuras el horizonte es siempre circular, idéntico, vacío y monótono.

AL ABRIGO -Juan José Saer 

Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón –muerte, olvido, fuga precipitada, embargo– el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, el la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido –un diario, o lo que fuese–, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido. Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que el tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones mas elementales que constituían su vida. O lo que el había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.

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